Publicación destacada: “Prosas apátridas”, de Julio Ramón Ribeyro

Foto: Bereniz Tello.
Foto: Bereniz Tello.

 

La Biblioteca Mario Vargas Llosa de la Casa de la Literatura destaca como publicación de la semana a Prosas apátridas, de Julio Ramón Ribeyro.

 

Por Manuel Barrós Alcántara, Biblioteca Mario Vargas Llosa

Prosas apátridas puede ser visto como un libro de apartes. Espacio: París y, a veces, Lima. Tiempo: años de posguerra, sobre todo, los sesentas. Personaje único: un escritor peruano, Ribeyro, que decidió reunir, salvar y encauzar varios escritos. Escena principal: la decidida fragmentación de los textos sobre los temas más diversos en un registro amplio y misceláneo que van del soliloquio silente, autobiográfico al diálogo secreto, sutil. Todo ello en el escenario de lo escrito.

El libro contiene el registro de aspectos, detalles, giros de vida que no habiendo encontrado un espacio propio en alguna obra orgánica, fueron agrupados para “salvarlos del aislamiento”. Lo “apátrida” no se encuentra en el autor o el yo literario —como quizá sí podría sugerirlo un Luder ácido y poco dado a las convenciones sociales—, sino en la genealógica diversidad de sus fragmentos. Siendo así el libro, un recinto de papeles inclasificables, éste encuentra su declarada condición de “apátrida” en la errancia de sus partes.

Pero más que la fragmentación como disposición textual nos interesa ella como escisión e intención de la mirada. A través de su derrotero cosmopolita, Ribeyro desarrolla, entre otros temas, sus experiencias de lector, las inflexiones sociales de su tiempo, su condición de escritor peruano y latinoamericano en Europa. Encontramos una y otra vez la estética del fracaso, su escepticismo frente a su propio oficio y la constante superposición de sus contrasentidos. También, se pueden apreciar el humor, la parodia y los distintos matices en los intertextos de Gibbon, Flaubert y, sobre todo, Baudelaire.

Como todo libro hecho de ‘deshechos’ —léase fragmentos—, este tiene inconsistencias y/o marcados desniveles entre las partes que lo componen. A pesar de ello, es importante saber reconocer la diversidad de registros y procedencias de formas literarias como parte de sus propios elementos. Por ejemplo, el autor muchas veces bordea su faceta de diarista. En esta se perciben los giros y tránsitos del aforismo a la pequeña crónica y, más aún, a las formas del ensayo personal —que nos recuerda al “ensayo de mis facultades” de Montaigne—, hecho textual y citadino de los propios cuestionamientos con los que Ribeyro se inquirió a sí mismo.

También, llama la atención su posición frente a la infancia. No la añora, no la idealiza, no la celebra; la sentencia. “El advenimiento de un niño a un hogar es como la irrupción de los bárbaros en el viejo imperio romano”. Aserto tras aserto, el autor redescubre textualmente la creciente experiencia de ser padre y, por eso, frente al iniciático sinsabor se advierte el hallazgo, el atesoramiento. “Para un padre el calendario más veras es su propio hijo”. Y, en ese camino, llega a sospechar la benemérita propiciación de la infancia: “La soledad de los niños prefigura la de los viejos”.

A lo largo del libro, a golpe de anécdotas, atisbos y recuerdos, recorremos junto al autor la misma variedad de temas y —a modo de sugerencia o comentario— formas literarias que con distintos grados de éxito concretó a lo largo de su trayectoria literaria. Así, la ocasión de los fragmentos nos hace descubrir otro escritor. No es el Ribeyro de los cuentos, novelas, diarios, teatro, artículos; es el de todos ellos refractado en sus fragmentos. Quien se aventure a estas páginas, disfrute, entonces, tal(es) ocasión(es); por ejemplo, la ciento dieciséis:

 

En algunos casos, como en el mío, el acto creativo está basado en la autodestrucción. Todos los demás valores —salud, familia, porvenir, etc.— quedan supeditados al acto de crear y pierden toda vigencia. Lo inaplazable, lo primordial, es la línea, la frase, el párrafo que uno escribe, que se convierte así en el depositario de nuestro ser, en la medida en que implica el sacrificio de nuestro ser. Admiro pues a los artistas que crean en el sentido de su vida y no contra su vida, los longevos, verdaderos y jubilosos, que se alimentan de su propia creación y no hacen de ella, como yo, lo que se resta a lo que nos estaba tolerado vivir.