Fervor por la literatura: docencia, edición y escritura

Jorge Eslava junto a la pieza elaborada por el artista Flaviano Gonzales. (Foto: Diego Díaz)
Jorge Eslava junto a la pieza elaborada por el artista Flaviano Gonzales. (Foto: Diego Díaz)

El jueves 22 de octubre el escritor, editor, investigador y docente Jorge Eslava Calvo recibió el Premio Casa de la Literatura 2022. A continuación compartimos el discurso que leyó durante la ceremonia de entrega del galardón.

 

Por Jorge Eslava Calvo

El primer trabajo formal que tuve fue a los dieciocho años en el desaparecido diario La Prensa. Ingresé como artefinalista, un oficio de artesano hoy extinguido. En el departamento de Arte Final debíamos adecuar la pauta del diagramador, recortando y disponiendo los textos sobre un pliego inmaculado de cartulina. Los elementos gráficos —líneas y curvas— había que trazarlos con auxilio de reglas y escuadras, mientras que los titulares debían aplicarse manualmente letra por letra. Desde luego que el supervisor tenía un estimado de tiempo para cada pliego, que nos obligaba a cumplir regularmente, salvo en horas de cierre que había que disminuir la marca establecida. Trabajábamos inclinados sobre una mesa de luz, entre seis y diez horas diarias, bajo el incesante estruendo del taller de impresión.

La modesta sala de Arte Final colindaba con la planta de impresión, donde un conjunto monstruoso de linotipias y rotativas, máquinas manipuladas por una legión de operarios imprimía las últimas noticias del diario. Era un cuadro turbio y hormigueante. A simple vista parecía un reino de pesadilla, poblado por un aura gris y ruidosa. Las condiciones de los obreros eran indignantes y justificaba la existencia de un sindicato masivo y duro. No podía pertenecer al sindicato, en mi categoría de contratado, pero estuve muy cerca de sus reivindicaciones. De modo que muy joven conocí un sistema de trabajo indesligable de la explotación y que, a lo largo de mi vida, no he hecho más que constatarlo.

Por las noches volaba a San Marcos, donde estudiaba sociología, convencido de convertirme en un político y periodista de izquierdas. Mi familia observaba con alarma esta decisión, ignorando que ella constituía un germen de mi malestar y mi protesta. Lo diré con rudeza: el meollo de mi resentimiento nacía de la jactancia social, la hipocresía religiosa y la doblez moral de un sector aristocrático de mis parientes. Era un niño de diez o doce años y jamás olvidaré una conversación en la que se burlaban de la paga de los mineros de su compañía: unas pocas monedas, una bolsa de coca y una botella de cañazo.

Mi intempestiva renuncia al diario, ante un acto de injusticia, sumada al receso de la Escuela de Ciencia Sociales en San Marcos me abrió una puerta inesperada: mudar de la futura política profesional al arte de la literatura. Me trasladé de facultad y conseguí trabajo como profesor de lengua y literatura en un colegio religioso del Callao[1]. Vivía entonces en La Punta y la distancia me permitía asistir a clases en una vieja bicicleta, con el cabello largo y un atuendo informal. Esos gestos causaban discrepancias entre mis colegas de saco y corbata, pero las publicaciones a mimeógrafo que hacía con dos profesores y las bondades del fútbol cerraron esas grietas.

Dedicarme a la literatura y la docencia se convirtieron pronto en decisivas pasiones. Al fin el muchacho de clase media, huraño y deportista, rabiosamente descontento y reticente de la bohemia descubrió un derrotero que fue cristalizándose en los años siguientes y gracias fundamentalmente a dos maestros. El primero, Wáshington Delgado. Entre la magnífica plana docente de la Escuela de Literatura, en esos años setenta, destacaba la erudición y gentileza del poeta cusqueño. Asistía a todas sus clases, releía continuamente su obra poética y no tardé en lograr su amistad. Iba a su casa de Lince provisto de una botella de vino y teníamos preciosas conversaciones. Cuando fundé la Editorial Colmillo Blanco me acompañó en la aventura, presentó de modo brillante muchos de los libros que publiqué; incluso uno que no había leído.

Al final de una tarde llegué a recogerlo y lo encontré en bata, sin rasurar. Habíamos quedado para esa noche, teníamos una presentación importante de un joven poeta premiado y él se había olvidado por completo. Hurgó el poemario entre el reguero de libros y papeles de su escritorio y no lo encontró. Bastaba con el ejemplar que yo tenía en la mano. “Aguárdame un minuto”, me pidió y se perdió en los interiores de esa casa profunda. Reapareció afeitado y acomodándose el saco. “Nos vamos”, me dijo, mientras recibía mi ejemplar. Lo hojeó durante el recorrido, en el que permaneció mudo y ensimismado. Fue una presentación espléndida, tan enjundiosa como divertida.

De Wáshington Delgado aprendí tantas cosas, sobre todo su austeridad y su ética. Era un hombre de catadura clásica, generoso en extremo, cuya vida mesurada no renunciaba a la filosofía hedonista. Él no entendía la austeridad como un sacrificio, sino como un modus vivendi modesto y con satisfacciones espirituales y terrenales. Esa virtud lo llevaba a abrazar una vocación omnívora por el conocimiento: su sabiduría parecía no tener límites. Lo expresa en un poema esencial titulado “Oficio y conducta”: Este es el pan que como. / A esta mujer quiero. / Con estas gentes hablo. // Ni paz ni guerra. Ni sangre / ni sudor ni lágrimas. / Lucho por lo que amo. // Por mis alimentos y mis días. / Por la palabra y su hermosura. / Por el amor conmigo”[2].

El segundo de mis maestros fue Constantino Carvallo, el extraordinario educador peruano. Lo conocí una tarde de fútbol, lucía unos jeans desteñidos y su cabello y su barba despedían un aspecto mesiánico. No tardé en ser su amigo. Era apenas un año mayor que yo, pero parecía saberlo todo, intuirlo todo. La década de los ochenta que trabajamos juntos lo escuché hablar del valor del juego y de la alimentación, de la importancia de los primeros años y la paridad de género, de la inclusión y los colonialismos, de la tecnología y del deporte… en fin, temas que han surgido en nuestra agenda educativa tres o cuatro décadas después. Sus interminables charlas sobre el curriculum oculto en tensión con el curriculum oficial; sobre el habitus como esquema en las relaciones humanas frente al capital cultural como acumulación exclusiva de un sector social han sido lecciones fundamentales en mis largos años de profesor.

Sus reflexiones sobre el sistema educativo y lo que significa la práctica cotidiana en el aula, la noción del alumno real y no la entelequia, la tarea compleja y titánica del docente frente a la incomprensión de los poderes públicos son algunos de los pliegues sociales que ocultan el sentido de educar y que Carvallo alcanzó a revelar y denunciar con su carácter libertario. Lo que había entrevisto en mis primeros años de profesor, en los que ardía por ser diferente, pero sin tener un norte me lo dieron su pensamiento y las aulas de Los Reyes Rojos[3]. Aprendí que el sistema escolar es un lugar donde se reproducen las estructuras sociales y se perpetúan los paradigmas culturales y políticos.

Hace unos años una profesora de inicial me contaba con detalles las condiciones en que dictaba clases en una aula de una escuela del arenal. Era una zona de Ventanilla, un distrito menesteroso y con altos índices de contaminación, donde debía tener confinados a un grupo de pequeños estudiantes en un container donado por una empresa naviera del Callao.

—¡Pobres niños! —exclamé—. Se sancocharán ahí dentro.

No atiné a decir otra cosa, eran todavía meses de verano.

—Ni tanto —respondió ella con resignación—. Los padres de familia han abierto algunas ventanas con sus sierras.

Confundido e indignado quise saber más. Indagué por los horarios de clases y el número de estudiantes, por el material didáctico y los juegos de recreo. También por el área del contenedor; ella respondía naturalmente, a veces usando las manos para indicarme las medidas aproximadas.

Ante este drama, me pregunto si se requiere algún talento o basta una pizca de sensibilidad para presagiar el futuro del niño que se acerca a limpiar las lunas del auto o de la niña que pasa con una sonrisa vendiendo caramelos. ¿Cómo se alimentan? ¿Estarán estudiando? ¿Terminarán la primaria? ¿Ingresarán a la universidad? ¿Conseguirán un trabajo justo? ¿O terminarán abandonándolo todo? El niño arrojará la franela en alguna esquina y la niña dejará la caja de golosinas en un rincón de la acera, para derrumbarse por el abismo de la ciudad.

viñeta

No fue difícil darme cuenta de que el arte de la literatura y el arte de la enseñanza constituían en mi vida un punto de inflexión y a la vez de concordia: me ofrecían la inmejorable posibilidad del estudio y de la trasmisión de un idealismo que trascendía los obsoletos trajines del mundo de la política. Quiero decir, que no había nada más revolucionario que una nueva forma de enseñanza. La docencia permitía, sin duda, participar de múltiples hallazgos y compartir con los estudiantes la algarabía, el sufrimiento o la incertidumbre que ofrecen los textos literarios y que vivíamos habitualmente. De las publicaciones a mimeógrafo que empecé a hacer en los diversos colegios antes de llegar a Los Reyes Rojos, pasé a fundar una editorial en este colegio barranquino y más tarde, luego de un viaje a España y fascinado por el impulso editorial de ese país en el campo infantil y juvenil, resolví crear la Editorial Colmillo Blanco.

El sello nació a mediados de los ochenta, años atroces de nuestra historia; en medio de las devaluaciones y del ominoso derramamiento de sangre yo volví a encontrarme con el estrépito mecánico de la imprenta. Doce años después de mi primer trabajo, el paisaje editorial había cambiado: las placas de zinc y la impresión offset habían reemplazado a los lingotes de plomo y la impresión tipográfica, pero fiel a la nostalgia me las arreglé para hallar una vetusta imprenta en el cercado de Lima —a pocos metros de esta Casa[4]—, donde todavía pude manipular aquellas bellas criaturas de molde metálico que representan cada una de las letras del abecedario. Algunos libros salieron de aquella caverna iluminada y entre esos y los que optaron por la modernidad conseguí editar alrededor de ciento treinta títulos. Sin embargo, al margen de las publicaciones, confío que Colmillo Blanco significó para muchas de las personas que escribían entonces una fuente de afectos.

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En los años siguientes volví al estudio y la creación, volcado ahora al terreno de la literatura infanto-juvenil y al deseo de contribuir con el magisterio, cuya formación profesional aparecía ante mis ojos cada vez más desatendida y con un obligado sesgo burocratizado. Maestras y maestros exigidos a remar como galeotes, desestimando el sentido originario del término educar. Recordemos que la palabra proviene del latín ex ducere, que significa encaminar, dar al que aprende los medios para abrirse en el mundo y encauzarlo hacia su pleno desarrollo. No obstante, ¿con qué expresiones educativas se trafica hoy en nuestro mundo mercantilista? Nociones como gerencia y gestión educativa; estrategias y tecnologías de última generación; profesionales exitosos y líderes, antes que ciudadanos, han desplazado el interés humanístico y secuestrado la autoestima del docente, deshonrando la autoridad magisterial.

Procuré escribir para niñas, niños y jóvenes atendiendo, en primer lugar, a la curiosidad como motor de esa singular enseñanza que filtra la literatura. Respeté cuanto pude los conocimientos y la red de intereses del pequeño lector, confiando en el juego y el humor como expresiones de libertad. Enfilé mi puntería a desplumar la prepotencia, el autoritarismo y la vanidad de los adultos. Y en estos últimos años esta fiesta creativa se encaminó hacia una preocupación más social; me interesé por los recodos donde nuestra literatura infanto-juvenil parecía intimidarse: los roles de género, los desastres causados por la guerra armada y la violencia de abuso sexual, explotación laboral o abandono escolar que sufren nuestras poblaciones más vulnerables. Y no es solo la intimidación frente ciertos asuntos urgentes, sino es el repliegue de los creadores ante la escasa demanda editorial o las objeciones por rebajar el tono, cuando no la censura que tanto daño ha ocasionado al arte. Aunque por suerte el fuego continúa ardiendo y los escritores que oscilamos entre la rebeldía y la consideración, la travesura y la responsabilidad sabemos bien que los escollos son una buena señal en el camino de la exploración de nuestra sociedad y de los recursos expresivos de la literatura.

Por todos estos motivos para mí tiene un valor inestimable que la Casa de la Literatura Peruana, entidad perteneciente al Ministerio de Educación y la de mayor prestigio del Estado, sea la institución que me conceda este premio. Me produce una inmensa alegría y me enaltece más conocer la lista de los ganadores anteriores, notables personalidades de la crítica, la creación y la difusión literarias. Aunque debo confesar que me abruma reconocer que hay escritoras y escritores que merecerían estar en mi lugar. No obstante, el tramado de estas emociones me han traído a recibir este reconocimiento con humildad y gratitud. Gracias a Milagros Saldarriaga y a la hermandad de esta casa, a mi entrañable familia, a las amigas y los amigos presentes y ausentes, a mis estudiantes que tanto me han querido a lo largo de cuarenta y cinco años y a la Universidad de Lima que me ha consentido la necesaria independencia. Y de manera muy especial a Luzmila y Rosario, mi madre y mi esposa; a mi hija Naiara y mis hijos Diego y Vicente, y a los hijos de mis hijos, Nuno e Itzán, quienes me enseñan diariamente los dones del amor.

[1]

El autor hace referencia al Colegio José Maristas. Nota del Editor.

[2]

Pocos años después del fallecimiento de Washington Delgado, Eslava se hace cargo de la edición de su obra completa y publica gracias al Fondo Editorial de la Universidad de Lima, en 2008, los volúmenes siguientes: Tomo I. El corazón es fuego. Obra poética; Tomo II. Monólogo del habitante. Cuentos y artículos culturales; Tomo III. Oficio y conducta. Tratados de literatura española y peruana; Tomo IV. Para vivir mañana. Ensayos y conferencias de literatura. Nota del Editor.

[3]

Constantino Carvallo muere en agosto del 2008. Poco tiempo después, Eslava se empeña en reunir y editar sus ensayos y notas dispersas en diarios y revistas. Conforma tres volúmenes que aparecen publicados, entre 2009 y 2013: Diario educar. Tribulaciones de un maestro desarmado (2009), que aparece con el ensayo Los ojos de los cuervos; Donde habita la moral. Reflexiones sobre filosofía y educación (2013); y Séptima luna. Encantamientos de cine y literatura (2013). Nota del Editor.

[4]

Talleres Gráficos de la Imprenta Lumen. Antigua calle La pescadería 137, Lima. Nota del Editor.