Victoria Guerrero: ser escritora en Lima de los años 90

La obra de la poeta Victoria Guerrero está incluida en la incluida en la sección De nosotros decid en la exposición La vida sin plazos. Escritoras en la ciudad de los 90. (Foto: Tom Quiroz)
La obra de la poeta Victoria Guerrero está incluida en la sección De nosotros decid de la exposición La vida sin plazos. Escritoras en la ciudad de los 90. (Foto: Tom Quiroz)

El jueves 24 de octubre se inauguró la exposición La vida sin plazos. Escritoras en la ciudad de los 90. Durante la ceremonia, la poeta Victoria Guerrero Peirano compartió un testimonio sobre los años 80 y 90, el cual reproducimos a continuación.

*Este sábado 16 de noviembre, a las 4:00 p.m., habrá un recorrido especial por la muestra dirigido por las curadoras Yaneth Sucasaca y Nicole Fadellin. 

Los 90 fueron años de mucho aprendizaje, de caerse y levantarse. De saber cómo ser mujeres, de conocer Lima y sus múltiples dimensiones trágicas, de crecer con la guerra interna y de ser jóvenes durante el fujimorato. Dicho así, no parece una historia muy alegre, pero estamos aquí, y eso también significó vivir (o subvivir) de muchas maneras: escribir, ir a recitales, reír.

Yo era una de esas chiquillas que iba todos esos recitales de finales de los 80 y principios de los 90. Buscaba a otros que hicieran cosas ocultas como yo, cómo escribir poesía, por ejemplo. Algo que me excitaba y me avergonzaba a la vez. En la universidad, admirábamos y le temíamos a esa muchacha rara que se paseaba con un báculo por los pasillos, a la Montse. Montserrat Álvarez, esa poeta de ojos locos y gabanes que publicó Zona Dark en el año 91. La buena poesía estaba por todos lados, centros culturales y universidades se llenaban para oír a a Blanca Varela, a la Montse, a Dalmacia Ruiz Rosas, Enrique Verástegui, a todos los poetas del canon, a jóvenes que se iniciaban en la poesía. Asistía a recitales maratónicos sin que nadie se agotara o se fuera a pesar de que algunos eran malísimos, pero había fervor. No sé cómo lo hacíamos. Seguramente porque existía el deseo y el deseo mueve todo. Quizá nos sostenían las largas caminatas por la ciudad o las grandes conversaciones en los bares frente a la universidad. Vivíamos casi sin dinero, así que muchas veces había que dejar la libreta electoral en el bar porque no alcanzaba el dinero para pagar. Hoy parece solo una anécdota, pero era como dejar la vida. No podías andar indocumentado. Podías ser un desaparecido más, y aunque nadie lo dijera abiertamente, lo sabíamos.

Fujimori era presidente, el 92 ya era un autócrata y los espacios culturales comenzaban su repliegue. Igual yo seguía escribiendo, parecía que la vida se iba en cualquier momento. Estábamos hechos para no pensar en el mañana porque simplemente no existía. El mañana, para algunos, era salir a buscar trabajo o estarse con la patota tonteando. Para mí, fueron dos cosas: trabajar en un lugar que no me gustaba con un sueldo más que envidiable para ese momento, y luego de mi renuncia, tener una librería, fumar todo el día para pasar el tiempo allí, y salir por las noches a caminar el centro. También vino el revival de los conciertos subtes en el 95. Allí empecé a escribir sobre música, a tomar fotos y a entrevistar a algunas bandas locales. En esa época empezaban los conflictos entre lo comercial y lo no comercial. Pedro Cornejo quería profesionalizar a las bandas a través de su sello Navaja Records. En un momento se arrepintieron. Los de Leusemia discutieron entre ellos. No estaban seguros de lo que habían hecho. Los fans lo consideraban una traición. Les hice una entrevista para El Comercio. Era el mercado o la autogestión. Increíble que esa duda pasional que sentíamos ahora se vea como una ingenuidad. Era una posición. Buena o mala, pero era una manera de resistir.

Con la librería conocí el centro de Lima como nunca antes. Ya desde el trabajo me paseaba por el centro nocturno. El peligro era mucho para una mujer joven, pero creía que debía conocer intelectual y sensorialmente muchas cosas. Que mi vida en la universidad me había quitado eso. Me había quitado la calle porque la universidad, poco a poco, se fue convirtiendo en el lugar enrejado que es hoy. Además, en la universidad parecía que las mujeres no escribían. Estaban allí, conocíamos sus nombres, pero incluso Blanca era vista con sospecha. No eran temas para investigar. “No tenían una obra consolidada”, así decían algunos de mis profesores. El tema de la mujer era subalterno, menospreciado. Por tanto, nosotras debíamos alienarnos o aceptarlo. Esa rabia también crece como un bichito que te corroe dentro, felizmente, fuimos tercas y hoy, después de tantas luchas y apuestas, estamos aquí para decir que hicimos mucho.

No quiero terminar sin dedicarle estas palabras a la escritora Patricia de Souza*.

“No podemos ser pasivas, creo que, sin ser violentas, podemos ser activas para transformar las cosas desde nuestra propia subjetividad, la casa, los grupos, los centros. El exceso de razón  es un poco el centro de la crisis de occidente, se han olvidado de las emociones y los sentimientos. Es el pensamiento lógico que busca siempre ganar algo. Eso tiene un precio, el humanismo, como se le consideraba se convierte en individualismo excesivo”.

 

Horario de visitas:

Martes a domingo de 10:00 a.m. a 7:00 p.m., en la Sala de Exposición 1 de la Casa de la Literatura Peruana (Jr. Áncash 207, Centro Histórico de Lima). Ingreso libre. La muestra se podrá visitar hasta mayo 2020.

 

*La narradora Patricia de Souza, presente en la exposición a través de su obra, falleció en Francia el 24 de octubre, el mismo día de la inauguración.