Travesuras de la niña mala
Gracia Angulo Flores
El año 2006, nos trajo de vuelta al Vargas Llosa de La tía Julia…, al publicarse la novela en mención. Tal como el título advierte, se trata de una obra ligera, de corte amoroso y con un gran sentido del humor. El relato en primera persona gira en torno de los amores de Ricardo y Lily, la “niña mala”, una historia que, de modo contrario a los usos narrativos de su autor, transcurre de modo lineal y sigue un orden cronológico: comienza en la década del cincuenta y termina en un tiempo cercano al presente, la década de los noventa, aproximadamente. No aparecen, pues, las historias paralelas, que convergen mediante desplazamientos de espacio, saltos de tiempo o cambios en el estilo narrativo. Lo que sí tenemos son los continuos cambios de escenario en la medida en que cada capítulo ocurre en una ciudad distinta –Lima, Londres, Paris y Madrid -, cambios que se relacionan directamente o que corresponden al comportamiento de los personajes, a las distintas máscaras tras las que se esconde la niña y la acción que se retrata en cada caso. De entre estas ciudades, algunas reaparecen, pero es Paris la que adquiere mayor protagonismo, la que causa desde el inicio, la fascinación de Ricardo, lo que recuerda la visión casi mítica que hicieron de esta ciudad los escritores del boom latinoamericano.
Así, la historia amorosa de los personajes principales se despliega a través de todos estos escenarios – lo que refuerza su carácter errático, signado por los encuentros y desencuentros- pero los sucesos que viven en cada uno de ellos, parecen conservar cierta autonomía narrativa. Y es que, más allá del ambiente específico en el que discurren, aparecen personajes secundarios determinados que no reaparecen después, tienen un título y un cierre o final bastante delimitado, definitivo, lo que hace que sus siete capítulos se constituyan como episodios.
Pues bien, el episodio inicial nos sitúa en Lima, específicamente en el distrito de Miraflores y tiene como tiempo la estación veraniega de los años cincuenta. En él, el adolescente Ricardo Somocurcio, disfruta del ambiente festivo del mambo, género que está de moda a través de la orquesta de Pérez Prado, pero también de la llegada de las hermanas Lily y Lucy, “las chilenas” que debido a sus costumbres más liberales, han captado la atención de los chicos del barrio. Transcurre muy poco tiempo hasta que Ricardo y Lily comiencen la historia de amor que, a diferencia de la mayoría de amores de adolescencia, se convertirá en una larga relación, un “amor de toda la vida”. Es en este capítulo que también descubrimos la mentira acerca de la nacionalidad de la niña mala, aunque su origen se mantenga como un enigma casi hasta el final de la novela.
Su historia devendrá en un matrimonio convenido e infeliz, uno en el que Ricardo se somete a la voluntad y al arribismo de su mujer, y se empecina en seguir amando a quien no lo quiere ni respeta. Cabe resaltar que las diferencias notables entre el carácter de los dos personajes se ponen en evidencia desde los apelativos que cada uno de ellos se autoaplica, niño bueno y niña mala, y desde el rechazo constante que generan las palabras de amor (las huachaferías) de Ricardo en ella. Sin embargo, esta frivolidad, egoísmo y ambición de Lily, tomarán un camino distinto a partir de un acontecimiento dramático que se nos presenta en el quinto capítulo.
Ya en el capítulo final, atisbaremos algún cambio en el comportamiento de esta protagonista, quien cuarenta años después, se presenta al borde de la muerte. Y es que en este episodio, ella le sugiere a Ricardo hacer una novela de todo lo que han vivido, novela a la que podrá dedicarse ahora que va a quedarse finalmente solo. Así, la novela termina remitiéndonos, nuevamente, a la costumbre vargasllosiana de utilizar la fuente biográfica como recurso de la ficción, costumbre que –ya a nadie le quedan dudas- sabe manejar muy bien.









