CONVERSACIÓN EN LA CATEDRAL

Gracia Angulo Flores

Publicada por primera vez en 1969, Conversación en La Catedral, es la tercera novela de Mario Vargas Llosa y constituye una de las obras más importantes de su trayectoria literaria. Se trata de una novela totalizadora, un retrato político de la sociedad limeña, durante el Ochenio dictatorial de Odría.

Zavalita, el famoso personaje que se pregunta “¿En qué momento se jodió el Perú?”, se encuentra con un antiguo chofer de su padre, Ambrosio, y juntos deciden ir a  conversar al bar llamado “La catedral”, en el centro de Lima. Es de esa conversación, que solo dura cuatro horas en la novela, de donde surge el retrato de toda una época donde la señal distintiva es el envilecimiento colectivo que provoca toda dictadura; secretos que ocultan y a su vez muestran otras situaciones; recuerdos de episodios pasados; todo un sin fin de voces que nos presentan a la multitud de personajes que aparecen para marcarnos el tránsito desde la historia colectiva hasta la historia privada, afectada por las coordenadas político- sociales.

La anécdota previa a la conversación en sí nos presenta la figura de Batuque, el perro de Zavalita, que es llevado a un depósito municipal durante una epidemia de rabia en la capital peruana. Tras este hecho, el protagonista reconoce a Ambrosio, que trabajaba en dicho lugar. La rabia canina como síntoma de desmoronamiento social y moral ha sido interpretada por algunos críticos como un elemento central del retrato gris que describe la novela, retrato oscuro y sucio, que a su vez está emparentado con las condiciones climatológicas que definen a la capital (el cielo gris, los nubarrones, la garúa).

Esto explica, en cierta medida, la primera mirada que nos revela la novela, la mirada desencajada, triste, “sin amor”, de Santiago Zavala, la misma que define el tono general de la obra. Zavalita es un periodista de clase media limeña,  de unos treinta años,  cansado de un matrimonio que él mismo buscó, ante el escándalo de sus familiares, y que a su vez  decidió estudiar en San Marcos, la universidad estatal, y no en la Católica, una universidad privada que en aquella época se consideraba más cerrada y selectiva. Este personaje rechaza el orden social y piensa desde una óptica individualista, por lo que prefiere “joderse” como le confesará a Ambrosio en la conversación. Más aun, Zavalita afirma que en el Perú uno no se contenta con “joderse” a sí mismo sino que “jode” a los demás, por lo que el fracaso es  una cadena, funciona colectivamente. A lo largo de la novela, se pregunta por dónde empezó esa sensación de hartazgo y vacío -“¿fue allí?”-, tratando de hallar el origen de su fracaso personal. De ahí que frecuente distintos lugares que funcionan como refugio o escape vacío ante el sentimiento de frustración que lo embarga, como la perrera, el mismo bar, los burdeles, los antros nocturnos, ámbitos que representan en una escala mayor, la decadencia moral que atraviesa el país durante la década de los cincuenta.

La crítica a esta decadencia moral abarca también el ámbito de la cultura y sus manifestaciones, sobre todo el tema del “criollismo”. Así, cuando el narrador  pone en boca de Zavalita la pregunta de por qué cada vals peruano sería tan “huevón”, está increpando no solo al criollismo como expresión musical sino como un modo de comportarse que ha traído muchos problemas al grupo social  y ha debilitado la formación de un sólido estado y una sociedad abierta. De este modo, junto con la corrupción y la inmoralidad que se revelan en la novela, el criollismo es un mal nacional, en tanto se caracteriza por  buscar el atajo a lo legal, el pretender vivir a costa de otros, el practicar el más despiadado arribismo y el negar valores propios, mutándolos por otros que, aparentemente, son considerados superiores. Y es que, “el doble elemento de mediocridad y ‘huachafería’ (cursilería) típicas de la sociedad criolla, constituye el núcleo de la intención crítica de Conversación”[1].

En suma, se retrata a una sociedad sin valores ni fuerzas para reincorporarse, una sociedad caótica que se retrata oralmente desde un discurso con muchos emisores, donde ya no se sabe quién habla primero o dónde termina una conversación. Puede decirse, entonces, que la metáfora del fracaso de un país, no solo se vuelca sobre el contenido, sino que nace desde la escritura misma de la novela. De ahí la multiplicidad de planos  y tiempos; el recurso tan vargasllosiano de las cajas chinas, que trata de proponer una historia que englobe otra más pequeña y ésta a su vez una tercera, igualmente más breve y así sucesivamente; además de la realidad fragmentada que el lector debe  reconstruir.

En cuanto a su estructura, la novela se despliega a lo largo de cuatro libros, que equivaldrían a cada una de las horas que duró la  conversación en el bar, que como ya mencionamos, funciona como telón de fondo  a través del cual se van entretejiendo varios submundos, el de la prensa roja, el de la prostitución ligada a los poderosos, el de los prejuicios sociales, clasistas, racistas, entre otros. Se trata pues de reflejar “el todo”, de ahí que el casi centenar de personajes que desfilan por ella, no actúen solo en Lima  sino en al menos doce ciudades del país. En este sentido, la obra es también un recorrido geográfico, guiado por las relaciones de poder, pero también por los fracasos personales, ya no sólo de Zavalita y Ambrosio sino de otro grupo de personajes, los más golpeados, los que tienen  la peor fortuna en la obra.

            Los padres de Zavalita, Fermín y Zoila; sus hermanos, el Chispas y la Teté; Amalia, empleada de la familia; sus compañeros de trabajo y de salidas, Norwin y Carlitos; Becerrita, el jefe de policiales del diario; Jacobo y Aída, quien resulta a lo largo de varias páginas en el febril objeto del deseo de Zavalita, miembros del grupo Cahuide, que buscaba hacer oposición al régimen desde los claustros universitarios; y aquellos personajes más inaccesibles y un tanto anónimos, como los que están cerca del régimen, constituyen una galería que sintetiza, radical y elocuentemente, una radiografía social y moral del país. En sus diferencias de clase, en sus conductas, en sus deseos y negaciones comprobamos el gran contraste de una nación que siempre está esperando algo, si acaso esto llega algún día.

Entre las figuras que representan el poder, se encuentra Cayo Bermúdez o Cayo Mierda, ministro del Interior del régimen, quien dirige el fuerte aparato represivo del gobierno. Asimismo, es este personaje el que funciona como nexo entre Fermín, padre de Zavalita y el gobierno, en tanto el primero funciona como representante de la burguesía limeña que estableció negocios financieros con la dictadura. Cabe resaltar que Odría, el presidente de la nación entre 1948 y 1956, no aparece directamente en la obra, sino que es referido oblicuamente mediante la representación de sus lacayos, aquellos encargados del “trabajo sucio”, los mismos que movilizan los pasajes más sórdidos y crueles de la novela.

            El padre de Zavalita es un personaje especial pues, a pesar del machismo imperante en la sociedad limeña, descubrimos que mantuvo una relación homosexual con Ambrosio.  Otro elemento que “enturbia” la trama, es cómo alrededor de este mundo de negocios oscuros, hay una red de prostitución que sirve a los grandes jerarcas del poder. Los nombres de Hortensia y Queta, las meretrices más requeridas, se suman al círculo de vicio y podredumbre descrito en la novela. Las descripciones  minuciosas del narrador tanto del mundo de la prostitución como de las relaciones entre Fermín y Ambrosio, parecen remarcar una  vocación vouyerista. El narrador no sólo hace que los personajes de este submundo sugieran o propongan sino que se entreguen a sus pasiones, ya sea por dinero o por compromiso. Una de las subtramas de la novela estará vinculada a este tema, pues, al ser chantajeado don Fermín por Hortensia, a cambio de no revelar su homosexualidad y su identidad en este submundo, donde era conocido como “Bola de Oro”, se producirá un episodio oscuro, del cual la novela da, como en otros casos, información fragmentada: se anuncia  el asesinato de Hortensia, pero la resolución de este crimen se va convirtiendo en un enigma a lo largo de la novela.

            En conclusión, estamos ante una novela totalizante e imprescindible que, por un lado, ensaya y juega con distintas técnicas narrativas para constituir una delicada y compleja arquitectura; y por el otro,  presenta un conflicto central e inherente a la sociedad peruana, mostrándonos las consecuencias de ser un país atravesado por la violencia y el desengaño, las consecuencias de una política que anula la capacidad de realización del individuo, y por tanto, nos permite reflexionar sobre la posibilidad y sobre todo, la necesidad del cambio.


[1] Díez, Luys A. “Relectura de Conversación en La Catedral: otras voces, otros ecos”. Mario Vargas Llosa. José Miguel Oviedo, editor. Madrid: Taurus, 1981. p.224.