Entrevista a Arturo Hernández: La abuela cruel le enseñó a sufrir la selva

Arturo Hernández en la exposición La casa sin puerta. (Foto: Tom Quiroz)
Arturo Hernández en la exposición La casa sin puerta. (Foto: Tom Quiroz)

El 23 de abril de 1967 se publicó, en el suplemento Estampa del diario Expreso, una entrevista al escritor Arturo Hernández, la cual fue realizada por el periodista Hernán Velarde. Aquella conversación fue acompañada de un fragmento de la novela Selva trágica.  Compartimos a continuación solo la transcripción de aquella entrevista. En nuestra exposición La casa sin puerta. Literatura amazónica (1940-1980) puede revisar la edición facsimilar.

Hagamos al revés: bajemos a Arturo Hernández de su legendario pedestal. Año 1900, el río Ucayali bruñido por el sol, baja como un huaico de acero derretido. Los pueblos saltan como pulgas en sus riberas. Río que preña montañas y convierte en nómades los caseríos. Colmillo de agua enloquecido por la lujuria, que monta tigres y descuaja selvas. El Ucayali, brazo derecho del Río Dios.

Por Hernán Velarde

Pájaros desmenuzados por las garras del relente. Verde paranoico en las lenguas de los platanares que lamen las intimidades de lo tarde y degluten la flema de las babosas. Un sendero de hojas muertos lleva hasta SINTICO, pueblo con kepis de palmera y pájaros de colores alumbrando los árboles. Pueblo miserable que vive de mirar el río, como uno amiba incrustada en el intestino. Pueblo gratuito como una collampa. Sumidero humano. Pueblo de shiringueros, desadaptados sociales y aventureros.

Cualquier noche, SINTICO dormía aletargado por lo niebla y el color, o huesos dislocados corno una hetaira de vejez horizontal, cuando fue barrido por el río. Primero fue un trueno de punta roma cuyos ecos se ahogaron en la oscuridad, después vino el agua levantando sapos y hombres en todas posiciones, haciendo flotar gritos y ninguna oración. La madrugado lechosa tenlo aliento de flores después de la crecida. Así murió SINTICO y fue naciendo Arturo Hernández, o más bien SANGAMA, lo novelo de lo Selva peruana.

—Es que el río es sucio, pero se no tanto como los pueblos.

A PREGUNTAS SUELTAS

—General Hernández, ¿es cieno que SANGAMA es su autobiografía?
— Lo es o tal punto que lo invención no cabe en ella.

—Si se lo pidieran, ¿qué consejo daría a los novelistas actuales?
—Vivir más e inventar menos

— ¿Cómo tipifica usted e los escritores modernos?
— Son desapasionados y cerebrales. Será tal vez porque ahora el mundo camina sobre ruedas o por los aires, que el hombre he perdido contacto con el hombre y con la tierra.

 

RETRATO DE UN DRAMA

—Hablemos de su niñez.
— Fue un drama a la muerte de mi madre y borrado del mapa SINTICO, mi pueblo natal, nos trasladamos a Tierra Blanca, un puertucho claveteado por el canto de las aves, a orillos del Ucayali. Otro retozo de soledad poblado por shiringueros, donde de vez en cuando asomaba la popa entorchado de humo de algún barco.

— ¿Dijo Ud. que se niñez fue un drama?
— Sí, mi abuela paterna, doña Adelaida Vargas, una especie de monstruo familiar, opuesta a la unión de mis podres, me hizo heredero de su odio y no satisfecha con darme o hacer las tareas dignas de mujeres me sometía a los más terribles martirios físicos.

Por eso lo Selva que yo conozco, es uno Selva borrada por los lágrimas, cruda y lacerante. Mi única alegría era mirar los barcos ingleses que pasaban croando rumbo a Liverpool, cargados de goma elástica y una hez marinera de ojos azules y bocas carcomidos por el yodo.

 

¿TÚ?

Un día pasó una barcaza llena de soldados, con destino a una guarnición del interior.

Levanté la mano para saludarlos preso de una emoción desconocida y al mismo tiempo sentí que una mano corno garra me sacudía por los hombros.

— ¿Qué miras desgraciado?

— Me gustaría ser uno de ellos

— ¿Tú?

—Sí, ma, ¿por qué no?

— jPorque eres un imbécil…!

Así era mi abuela.

 

EN EL LODO

—Imagínese General, ¡cómo le hubiera ido al lobo con semejante abuela!

Arturo Hernández está sentado de cara a los celajes limeños Tiene lo costumbre de mirar alto, como hacen los ciegos. Alguna vez un comentarista infantiloide le llamó “Tarzán, Teniente Coronel”. Yo me río de tan abderitico escritor, porque Hernández no caminó la Selva por las ramas, sino o la par con los “ulurungos” y los caimanes, de o pecho pelado sobre su venenosa piel.

—Hice hasta el segundo de primario en uno escuelita de Tierra Blanca, cuando mi podre requirió mi presencia en los shiringales a orillas del Pacayo y el Sumaría. Un día fui sorprendido en plena Selva por la creciente. Vi cómo el agua fagocitaba la tierra con su universo viviente, las bestias sumergidas. Tal vez quería morir, pero como soy hijo de una naturaleza hostil, trepé a los árboles y viví en ellos por tres días. Créame, al volver a casa, pensé ingenuamente que me recibirían alborozados. ¡Nada de eso!, ni siquiera me preguntaron dónde estuve. Si le digo que mi niñez fue un martirio…

Sospecho que Arturo Hernández no está llorando, porque sabe que los generales eso lloran…

 

UN SEXTO SENTIDO

Pese a que tal vez todos hubieran visto mi muerte con agrado, pero no pude brindarles esa felicidad. Porque de niño mi cuerpo era como un contador geiger para el peligro. Era admirable cómo estaba dotado poro evadir la muerte. Un pie retractado un segundo antes de pisar una tarántula o una víbora, eran frecuentes durante mis suicidas correrías por la Selva. Veinte años después al volver a Loreto, comprobé que esa mi facultad se había perdido, más aún tenía entonces un terror pánico a la floresta. La Selva y yo éramos dos extraños.

SOLDADO

—Doctor Hernández, ¿cuál era su mayor ilusión en aquellos días grises?
—Una muy simple y hasta ridícula: tener empleo, calzado, corbata y escritorio propios. Por eso casi consideré lo consumación de mis desgracias, el hecho de ser levado o los 17 años. Pero aquel nuevo capítulo de mi vida en el Regimiento Cazadores de Oriente número 17 de Iquilos, sellaría mi futura carrera militar y descubría al novelista que vivir en mí, sin saberlo nadie ni siquiera yo.

— ¿Cuál fue el primer libro que cayó en sus manos?
— jAdelante, Adelante!, de Marden, que secó mis lágrimas de niño y sustituyó mi antigua depresión, por uno inquebrantable fe en el porvenir. Pero antes pasó una cosa curiosa. Al morir mi padre quedo en poder de un señor Vargas, vecino notable de Tierra Blanca. Así las cosas, pasó por el pueblo un nigromante extranjero y todos consultaron su destino con él. Al final de lo reunión, Vargas quiso burlarse de mí, y dijo.

—A ver qué dice la mano de éste.
El nigromante tomó mis monos y dijo: “Es una mano interesante, su dueño será general”. Todos estallaron en carcajadas y Vargas remató, su faena agregando:

— ¡Si este llega a General, yo será Papa…!

 

PRESO POR REVOLUCIONARIO

—Luego se produjo la revolución de Benavides contra Leguía y fui una especie de convidado de piedra de la misma, en mi calidad de subalterno. Al ser develada, caí preso junto con un grupo, entre los que casualmente no estaban los jefes de la revuelta. Me trajeron a Lima. Permanecí preso a bordo del “Elizabeth”, barco anclado en el Callao y posteriormente en la Cárcel de Guadalupe. Era otro jalón significativo en mi vida librada siempre al azar.

— Al salir en libertad, el mundo había dado una vuelta de 90 grados para mí. Enfrentaba la ciudad desconocida, más cruel cero y terrible que la Selva. Nuevamente a fojas cero, dormí en el Parque de los Garifos, sufrí hambre y conocí el sabor amargo de la desocupación.

Más tarde me hice albañil y se me desollaban las manos, ante la risa de la fuerte peonada serrana. Rodando siempre, llegué a ser bracero de una hacienda algodonera hasta que logré un “conchave” en el vapor Ucayali, al que fui por llamarse como mi río. Fueron muchos viajes por las costas del Caribe, en calidad de mozo de salón, el último de la nómina y el primero en el trabajo.

Dios de dolor y lágrimas, siempre con la esperanza de alcanzar algo que llenara mi espíritu. Cansado de dar vueltas en el mar, acepté el cargo de capataz de cuadrilla de los trabajadores que jalonaban la vía Mejorada-Ayacucho. Luego nuevamente en Lima, conseguí ser aceptado en la Oficina de Estadística del Hospital Dos de Mayo, con 120 soles mensuales. Ya tenía zapatos, un escritorio propio y un terno decente.

 

A LA UNIVERSIDAD

— ¿Sabe Ud. cómo y por qué ingresó a la universidad?
— Gracias o un amigo que quiso burlarse de mí. “Ya que eres tan aspirante, por qué no te presentas a la Universidad”. Lo dijo con tal tufillo de mala fe, que hirió mi amor propio y cualquier día me vi haciendo turno para los exámenes de ingreso, entre 800 alumnos que luchaban por colocarse en una de los 80 vacantes para Letras.

Fue un examen de pura “mechadera”, los aspirantes caían como moscas, por eso cuando el jurado llamó:

— ¡Aspirante Arturo Hernández del Águila!
Yo en vez de decir ¡presente!, quedé mudo y clavado en el suelo. Pero entonces vino nuevamente “en mi ayuda” el burlón que me envió trastabillando hasta los pies del Jurado, de un empellón.

— ¿Salvó?
— Me revolcaron malamente. Al final me entregaron un papel con mi nota. Yo naturalmente ni lo mire, “Mi amigo” reía aún cuando traspusimos la puerta de San Marcos, donde por hacer algo saqué el papel con mi nota. ¡Qué maravilla!, no sé por qué milagrosa mecanismo me habían puesto 11. Entonces vi que “mi amigo” lloraba. Nunca supe si fue de felicidad o de envidia…

 

NO BAUTIZADO

—Era el final de sus penas.
—Vea Ud. que no, porque para matricularse dijeron que debía presentar el certificado de bautizo y yo no hablo sido bautizado. Por eso cumplí ese sacramento o los 28 años. Luego conocí a mi tío, el doctor Gamarra Hernández, quien hizo posible que me dieron un cargo en la Zona Naval de la República, del Ministerio de Marina. Después todo fue realmente fácil, hasta el cargo de Defensor de Oficio de la Quinta Zona Judicial, con el grado de Teniente Coronel, con el que volví a Iquitos y mi ascenso a General de Brigada efectivo y Fiscal General del Consejo Supremo de Justicio Militar, con que fue dada de baja en 1964.

 

TODA UNA HISTORIA

Así de admirablemente sencillo es Arturo Hernández, celebrado autor de Sangama y Selva Trágica, convertido en los últimos dos años en el “best-seller” de países como Francia, Alemania, Rusia, Checoslovaquia, Inglaterra y Rumania, considerado por lo Academia Francesa y la Goncourt como uno de los escritores más grandes del Continente, casado con la hermosa dama sanmartiniana Telma San Martín y padre de Emilio, Enrique y Ricardo, lo cual ya es mucho para un “self made man” salido de lo más humilde de la tierra.